10/04/2026

Vivimos un tiempo de gracia tras la Resurrección, y las lecturas de este tiempo nos animan a alegrarnos y a descubrir al Resucitado en signos visibles de nuestro entorno.
Nosotros también podemos estar encerrados en nuestras estructuras por miedo, como los apóstoles, sin ser capaces de salir de lo que nos protege, de lo conocido, de lo establecido, de lo que siempre ha sido así. Y Jesús no llega a ese espacio cerrado para regañar, para recriminar a sus amigos que no hayan creído en su palabra y en lo que vieron con sus propios ojos, sino a traer paz. Este es el signo de lo que viene de Él.
Pero estamos llamados a salir. Tenemos una misión encomendada que supone abrir las puertas, salir a la intemperie, arriesgarnos. Y no para aleccionar a nadie, sino para perdonar. Ese es nuestro poder. Qué paradoja, ¿verdad?, que nuestro poder sea el perdón y nuestra misión llevar esa paz, trabajar por ella, porque se nos ha regalado. Esos son los modos de Jesús y ese es su camino.
Tenemos la certeza de estar acompañados en este envío y, si alguna vez nos entran las dudas, ya sabemos dónde mirar: en la vida que renace en las heridas del mundo, en las marcas del odio, de la falta de amor, en la esperanza esforzada que habita en los asaltos a la justicia con el más débil.
Si metemos ahí nuestras manos, podemos descubrir los brotes, los destellos de luz que siempre gana a la oscuridad… y muchos signos para que, como nos anuncia Juan en su Evangelio, tengamos vida en su nombre.
Todo esto en el seno de la comunidad, siempre en plural, conformando esa Iglesia en salida, arriesgada, a la que servimos humildemente porque la amamos apasionadamente.
Belén Santamaría Eraña, laica, CVX y trabajadora en Cáritas diocesana de Salamanca