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14/05/2026

La salud mental en prisión centró el encuentro regional de voluntariado de Pastoral Penitenciaria en Salamanca

La jornada reunió a voluntarios de ocho diócesis y a responsables de programas penitenciarios de Cáritas para compartir experiencias de acompañamiento y reflexionar sobre los desafíos actuales de la realidad penitenciaria en la región

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

Voluntarios y responsables de las delegaciones diocesanas de Pastoral Penitenciaria de Castilla y León se reunieron el pasado sábado, 9 de mayo, en la Casa de la Iglesia de Salamanca para celebrar su encuentro regional de final de curso, una jornada de convivencia, reflexión y trabajo compartido entre quienes acompañan a las personas privadas de libertad dentro y fuera de los centros penitenciarios.

En el encuentro participaron representantes de las diócesis de León, Zamora, Valladolid, Ávila, Segovia, Palencia, Burgos y Salamanca, además de voluntarios y responsables de programas penitenciarios de algunas Cáritas diocesanas de la comunidad.

La salud mental, una preocupación creciente

La salud mental en prisión centró las reflexiones de la jornada, una preocupación que los equipos regionales ya habían abordado en el encuentro de formación celebrado el pasado mes de enero en Dueñas (Palencia). Como recordó Samuel Huesca, jurista y miembro de la Pastoral Penitenciaria de Salamanca, este tema “ha marcado varias líneas de trabajo” de este curso pastoral que fueron revisadas durante la jornada.

Entre ellas, los participantes valoraron también el recorrido del manifiesto que suscribieron entonces las delegaciones diocesanas de Pastoral Penitenciaria para reclamar a la Junta de Castilla y León la asunción de las competencias de sanidad penitenciaria, especialmente ante la situación de la salud mental en prisión. “Las personas privadas de libertad en los centros penitenciarios de esta comunidad autónoma están muy desatendidas”, advirtió Huesca.

Para acercarse a esta realidad, el encuentro contó con la participación de Lola Apolo, del Proyecto Ranquines, una iniciativa de la Iglesia de Salamanca coordinada por Cáritas diocesana, que desde hace ocho años acompaña a personas con trastorno mental grave en situación de exclusión social. Junto a dos participantes del proyecto, compartió la experiencia de acompañamiento que realizan desde este recurso. Sus testimonios acercaron a los asistentes historias marcadas por el sufrimiento psíquico, la exclusión y la soledad, una realidad que muchos voluntarios reconocen presente dentro de prisión.

De los márgenes al corazón de la Iglesia

El director del Servicio diocesano de Pastoral Penitenciaria de Salamanca, Raúl Izquierdo, fue el encargado de dar la bienvenida a los participantes e invitó a fortalecer la comunión de esta pastoral con el conjunto de la vida diocesana y a seguir acercando esta realidad a espacios centrales de reflexión eclesial. En este sentido, destacó la participación de Samuel Huesca en la Asamblea de la Iglesia en Castilla.

Raúl Izquierdo dio la bienvenida a los participantes

A partir de esa experiencia, Huesca compartió una reflexión sobre lo que definió como “la soberbia de las periferias”, una tentación que, según explicó, puede aparecer cuando quienes trabajan en contextos de exclusión sienten que viven un compromiso “más auténtico”, alejándose del resto de la vida eclesial. “El viaje a las periferias que nos indicó el papa Francisco también tiene que ser de vuelta y vivir en comunión”, afirmó.

Durante su intervención insistió en la necesidad de evitar que las personas que han pasado por prisión no permanezcan siempre en los márgenes. “Una persona que ha cumplido una condena ya ha tenido bastante de márgenes y bastante de periferia”, señaló.

Tras estas palabras, los participantes entonaron Canto a la libertad, de José Antonio Labordeta, antes de continuar la jornada con el trabajo en grupos y el intercambio de experiencias sobre una realidad que preocupa cada vez más a los equipos de Pastoral Penitenciaria.

Jesús Casado, de Cáritas diocesana de Zamora, junto al delegado de Pastoral Penitenciaria de Burgos, David Alonso

David Alonso, responsable de este ámbito en la Archidiócesis de Burgos y coordinador del programa ‘Volver a empezar” de la Cáritas burgalesa, alertó sobre el aumento de trastornos mentales entre la población penitenciaria. “Cerca del 70 % de las personas privadas de libertad tienen algún problema de salud mental y no están siendo tratados adecuadamente”, advirtió.

A su juicio, esta realidad exige reforzar el trabajo conjunto entre Cáritas y Pastoral Penitenciaria como una tarea compartida de acompañamiento espiritual, social y jurídico. “Somos Iglesia y, siendo Iglesia, tenemos que participar en común y en unión”, afirmó, antes de subrayar que encuentros como este ayudan a “hacernos fuertes” y a recordar que “no estamos solos”.

Escuchar y acompañar

Desde Burgos participaron trece jóvenes voluntarios, el grupo más numeroso del encuentro. Entre ellos estuvo Marta Coleto, estudiante en prácticas de Terapia Ocupacional, que definió el acompañamiento como “escuchar las necesidades y actuar juntos ante esos problemas”.

Dos participantes del proyecto diocesano Ranquines compartieron su testimonio junto a Lola Apolo, técnico de Cáritas diocesana de Salamanca

Las experiencias compartidas acercaron también la realidad cotidiana que encuentran los voluntarios dentro de prisión. Telesforo Herredero, voluntario de Salamanca desde hace más de una década, explicó que muchas veces lo que más reclaman los internos es “que los veas habitualmente y los escuches”. A su juicio, entrar en prisión supone para muchas personas enfrentarse a “un mundo completamente distinto”, marcado por nuevas normas, soledad y falta de empatía, donde “necesitan que les escuche alguien distinto de la institución”.

En una línea similar, Isaac Pescador, voluntario en la prisión de Villanubla, en Valladolid, reconoció la preocupación existente por el deterioro psicológico de muchas personas internas y por las dificultades para ofrecer una atención adecuada dentro de prisión. “Dentro de la misma prisión no es fácil”, admitió, al tiempo que alertó de que hay internos con problemas de salud mental que no siempre están diagnosticados o acompañados correctamente. También cuestionó la respuesta que reciben muchos de ellos: “A veces no sé si el exceso de pastillas resuelve o provoca los mismos síntomas”, señaló.

Desde el Programa de reclusos y exreclusos de Cáritas diocesana de Zamora, Jesús Casado explicó que encuentros como este permiten compartir experiencias sobre una realidad que conocen bien en el Centro penitenciario de Topas. “Siempre es enriquecedor trabajar con Pastoral Penitenciaria, porque nos dan unas ideas sobre salud mental en prisión”, señaló. Casado recordó además el trabajo que desarrollan desde Cáritas Zamora en el módulo 9 del centro penitenciario, especialmente en acompañamiento y talleres vinculados a adicciones y salud mental.

También el delegado episcopal de Cáritas de Zamora, César Salvador, destacó que la Iglesia aporta en prisión “la valoración de la persona por encima de todas sus circunstancias”, una mirada que, según señaló, orienta buena parte del trabajo de acompañamiento que realizan dentro y fuera de prisión.

“Dios se manifiesta en los últimos”

La dimensión más personal y espiritual del acompañamiento estuvo presente en otros testimonios compartidos durante la jornada. Miguel Reyes, voluntario de Salamanca, aseguró que detrás de los muros de una prisión encuentra “personas en los márgenes, lo más amado de Dios”, muchas de ellas marcadas por historias difíciles y por el deseo de “recuperar su propia dignidad”. Algo que también corroboró el sacerdote diocesano Aníbal Hernández, colaborador de esta pastoral desde hace años, al señalar que en prisión ha descubierto que “Dios se manifiesta en los últimos, en los débiles, en los descartados de la sociedad”. “Estoy allí por vocación”, afirmó.

También Adela Ercilla, voluntaria en el Centro penitenciario de La Moraleja, en Palencia, compartió cómo esta experiencia ha marcado su vida después de más de tres décadas de acompañamiento. El contacto con las personas privadas de libertad transformó “la escala de valores” con la que miraba muchas realidades de sufrimiento y exclusión.

El encuentro concluyó con la celebración de la eucaristía y una comida compartida antes del regreso de los participantes a sus respectivas diócesis.

 

 

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