13/02/2026
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
Ver a Jesús. No imaginarlo. No acomodarlo a nuestras ideas ni dibujarlo con trazos románticos. Situarlo en su tierra, en su tiempo, en el mundo real que vivió. Esa convicción es la que ha marcado durante décadas el magisterio del profesor Santiago Guijarro Oporto, catedrático de Nuevo Testamento de la Universidad Pontificia de Salamanca. Y fue también el hilo conductor de su última lectio, pronunciada el 12 de febrero en el Aula Magna, en la que ha sido su casa académica desde 1996.
La sala estaba llena mucho antes de comenzar. Profesores, autoridades académicas y eclesiales, personal de la Universidad, amigos, familiares y alumnos, de ahora y de hace años, quisieron estar presentes. Algunos habían viajado desde Colombia, Bolivia, Paraguay, Chile, Costa de Marfil o Escocia, para acompañar y agradecer a quien fue su maestro.
Antes de comenzar el acto, él mismo explicó qué sentía: alegría. Alegría por cerrar una etapa de treinta años en la que “he sido muy feliz”. Y gratitud. A la Universidad, que “me ha facilitado mucho el desarrollo como académico y también como sacerdote”; a los compañeros, a la familia y a los amigos. Para Santiago Guijarro, la vida académica no ha sido una profesión al margen, sino el modo concreto de ejercer su ministerio sacerdotal.
Cuando se le preguntó de qué se sentía más orgulloso de su trayectoria, no habló de reconocimientos ni de publicaciones, sino “de los alumnos que he podido formar”. Algunos son hoy profesores en diversas universidades, de lo que se siente “orgulloso porque era un poco la ilusión que yo tenía”. Varios de ellos estaban presentes allí esa mañana. No quisieron perderse su última lección.
Cuando tomó la palabra, tras la laudatio de la profesora Carmen Yebra, el profesor Guijarro anunció el título de su última lección —“Volver a Galilea para ver a Jesús”— y explicó que no seguiría “los saludos protocolarios”. Prefirió comenzar agradeciendo de modo especial la presencia de quienes fueron sus profesores: Olegario González de Cardedal y el cardenal emérito Ricardo Blázquez, de quienes aprendió lo que después ha desarrollado en su trayectoria académica.
Recordó también a sus compañeros de estudios en Roma, el obispo de Ávila, Mons. Jesús Rico, y el rector de la UPSA, Santiago García-Jalón; y al Gran Canciller de la Universidad y obispo de Salamanca y de Ciudad Rodrigo, Mons. José Luis Retana, con quien compartió muchas inquietudes en la formación de los seminaristas, “cuando él era rector del Seminario de Ávila y yo estaba en el Colegio Santiago Apóstol”, evocó.
Mencionó con especial afecto a la Asociación Bíblica Española, “muy importante” en su trayectoria y representada en el acto por Juan Chapa; y a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, “mi familia espiritual”. Dio gracias a su familia, a los amigos de Salamanca y de Illescas, especialmente a quienes habían viajado desde lejos para acompañarle, y a sus alumnos: “sois la razón de ser de nuestro trabajo aquí”.

En su última lección, el profesor Guijarro centró su exposición en el contexto histórico y social de la Galilea del siglo I, donde Jesús de Nazaret vivió la mayor parte de su vida. Volver a Galilea pasa hoy por los estudios históricos y arqueológicos “que nos permiten reconstruir el contexto de la vida de Jesús y entender mejor su mensaje y también su persona”, explicó. Una convicción que ha guiado la trayectoria investigadora de este biblista: “es en Galilea donde debemos situar a Jesús, de modo que cuanto mejor conocemos Galilea, mejor conocemos a Jesús”
Partiendo del final del Evangelio de Marcos : “va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”, explicó que esa invitación no quedó cerrada en el pasado, sino que está abierta “a todos los lectores” del Evangelio llamados también hoy a volver a ese escenario real donde Jesús vivió y predicó.
Santiago Guijarro mostró cómo los estudios históricos recientes permiten descartar imágenes “idealizadas o ideologizadas” de Galilea que no corresponden a la realidad del tiempo de Jesús. Situó su figura en un contexto judío concreto, marcado por la herencia asmonea y las transformaciones del periodo herodiano, y explicó cómo ese entramado político, social y religioso ayuda a comprender mejor aspectos centrales de la vida y de la predicación de Jesús.
En la parte final de su exposición recordó que “aunque nunca podremos salvar la distancia que nos separa, el esfuerzo por situar a Jesús en un contexto histórico y social más contrastado es de gran ayuda para leer los evangelios sin proyectar en ellos nuestras ideas o presupuestos”. Retomó entonces su invitación inicial a volver a Galilea, “para ver lo que Jesús hace y dice allí”, convencido de que una mirada más atenta a su mundo hace la lectura del Evangelio “más viva” y nos permite “en verdad verle”. De modo que “el significado de lo que realmente aconteció se nos revele en la narración a la que se nos invita a volver”.
Con un sencillo “He dicho” concluyó su lección, y el Aula Magna respondió con un largo y cálido aplauso cargado de gratitud.
Antes de que el profesor Guijarro tomara la palabra, el acto académico se abrió con la intervención del decano de la Facultad de Teología, Román Ángel Pardo, que comenzó citando el inicio del Evangelio de Marcos. Según él resume bien su trayectoria académica y sacerdotal: una vida dedicada “al estudio y a la interpretación de la Palabra de Dios”.
El decano definió a Santiago Guijarro como “uno de los biblistas contemporáneos más destacados en España y a nivel internacional en el estudio del Nuevo Testamento” y reconoció sus aportaciones a la exégesis, su capacidad para integrar el rigor histórico-crítico con nuevas perspectivas hermenéuticas, su atención al contexto social y cultural de los textos y su aportación a la comprensión de los orígenes cristianos. Pero, más allá de su producción científica, puso el acento en su vocación de formador “de futuros investigadores”.
A continuación, la profesora Carmen Yebra pronunció la laudatio, titulada “Fidelidades sin conflicto”, en la que ofreció un retrato académico y profundamente humano del profesor Guijarro.
Recordó cómo primero conoció sus escritos —“Fidelidades en conflicto: la ruptura con la familia por causa del discipulado y de la misión en la tradición sinóptica” confesó que fue para ella un punto de partida decisivo— y solo después al autor, hasta que aquel “diálogo silencioso” con sus obras se convirtió con el tiempo “en una relación de colegas que dura ya más de 13 años”.
En sus palabras quedó claro que este acto no podía entenderse como una jubilación definitiva. Hablar de “cese de actividad académica”, sería “no solo incierto, sino altamente improbable”. Concluye su etapa docente en la Universidad, pero su labor investigadora y su presencia en el ámbito bíblico internacional continúan.
Yebra apuntó dos rasgos inseparables en el profesor Guijarro: la identidad sacerdotal, en el seno de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, y la dedicación universitaria a la enseñanza e investigación bíblica. Resaltó las tareas de responsabilidad y gestión llevadas a cabo a lo largo de estos años en la Universidad, muchas veces discretas pero constantes: su asesoramiento, acompañamiento, promoción de proyectos y colaboraciones internacionales; así como su paso por encargos relevantes como la dirección de la Casa de la Biblia en Madrid, el Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén y la Asociación Bíblica Española.
Especialmente, incidió en el corazón de su magisterio: la investigación y la docencia en un contexto de transformaciones eclesiales y universitarias. Yebra lo definió como un “investigador sistemático”, capaz de sostener una docencia minuciosa y actualizada, y un “gran seductor” en el sentido noble del término: alguien capaz de contagiar la pasión por el rigor y la seriedad académica, especialmente entre los alumnos de posgrado.
“Ha formado a formadores”, afirmó y prueba de ello es que muchos de sus alumnos enseñan en universidades y seminarios de distintos continentes. En ese retrato del maestro evocó también una imagen que el propio Guijarro señala con orgullo que es “hijo de pastelero”. Y comparó ese origen con su estilo de trabajar: precisión, paciencia, respeto por la tradición heredada y apertura a la innovación. Un trabajo artesanal que, añadió, lo ha vinculado profundamente “al hijo de otro artesano, al hijo del carpintero, un galileo”, a quien se ha empeñado en conocer y en darnos a conocer, y del que ha aprendido a “tener una puerta abierta, un oído atento y unas palabras de aliento para quienes las necesitábamos”.
Y concluyó señalando que sus cualidades en la gestión y su excelencia investigadora no habrían dado los mismos frutos “sin la afabilidad, la delicadeza y la profunda humanidad que siempre han caracterizado sus relaciones”. Por ello, afirmó: “Profesor Guijarro, la suya ha sido una trayectoria de fidelidades sin conflicto, de fidelidad a la vocación recibida, a la misión intelectual de la Iglesia y a las instituciones que se han convertido en su familia”.