05/03/2026
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
El papa León XIV continua con su ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II durante la audiencia general celebrada en la plaza de San Pedro. En esta ocasión, el santo padre profundizó en la constitución dogmática Lumen gentium, centrando su reflexión en la naturaleza de la Iglesia como una realidad a la vez visible y espiritual.
El pontífice explicó que la Iglesia no puede entenderse de forma simplista, ya que es una “realidad compleja” en la que se integran de manera armónica dos dimensiones: la humana y la divina. Esta complejidad, señaló, no significa confusión ni contradicción, sino la unión ordenada de distintos aspectos que conviven dentro de una misma realidad. En su dimensión humana, la Iglesia está formada por hombres y mujeres concretos, con sus virtudes y limitaciones, que comparten la fe y anuncian el Evangelio.
A través de su vida y de su testimonio se hacen signo de la presencia de Cristo que acompaña el camino de la humanidad. Sin embargo, el papa recordó que esta dimensión visible no agota la verdadera naturaleza de la Iglesia, que posee también una dimensión divina. Esta dimensión divina, explicó, no se basa en la perfección de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios para la humanidad, realizado en Cristo.
Por eso, puede describirse al mismo tiempo como comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, como asamblea visible y misterio espiritual presente en la historia. Para comprender mejor esta realidad, León XIV invitó a mirar a la vida de Jesús. Quienes se encontraban con Él experimentaban su humanidad a través de sus gestos, su mirada o sus palabras; y, al mismo tiempo, en ese encuentro se abrían al misterio de Dios.
De manera similar, añadió, en la Iglesia se hace visible la acción de Cristo incluso a través de la fragilidad y las limitaciones humanas. En este sentido, el Papa recordó que no existe una Iglesia ideal y perfecta separada de la historia, sino la única Iglesia de Cristo, encarnada en la vida concreta de los hombres. Precisamente a través de sus miembros y de su realidad cotidiana se manifiesta la presencia salvadora de Dios.
El santo padre señaló también que la santidad de la Iglesia consiste en que Cristo la habita y continúa donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Este “método de Dios”, afirmó, muestra cómo el Señor se hace visible actuando en la debilidad de las criaturas.
En este camino, subrayó, la caridad ocupa un lugar central, ya que es la que hace presente al Resucitado en la vida de la comunidad cristiana y permite seguir edificando la Iglesia como cuerpo de Cristo mediante la comunión y el amor entre los creyentes. Al concluir la audiencia, el papa dirigió un saludo especial a los peregrinos de lengua española y, en este tiempo de Cuaresma, invitó a los fieles a seguir construyendo la Iglesia en la vida cotidiana a través de la oración, el ayuno y la caridad.