ACTUALIDAD DIOCESANA

26/04/2020

Los entierros en tiempos de covid-19

Desde hace tres semanas, un sacerdote y un psicólogo voluntario arropan a la familia en cada despedida en Salamanca capital, junto a una sencilla carpa ubicada en el parking del tanatorio, cumpliendo las nuevas medidas para los ritos funerarios

Con el inicio de la pandemia del covid-19 se suspendieron los funerales, los velatorios, y se redujo el número de personas que podían estar presentes en el último adiós. El goteo de fallecidos que se enterraban en el cementerio de San Carlos Borromeo era constante. Con estas medidas, durante unos días, los coches fúnebres iban directamente a las tumbas y se enterraban sin ningún tipo de rito fúnebre ni acompañamiento a las familias. Así lo fijaban las medidas marcadas por el Gobierno. “Era una situación desoladora”, apunta Nacho Bermúdez, psicólogo voluntario del tanatorio que lleva el mismo nombre del campo santo.

El capellán del tanatorio desde los últimos nueve años es José María Morales, Chema, que consciente de la situación, decide poner en marcha un sistema que garantice un responso y el acompañamiento a las familias. “Sentí la necesidad urgente de hablar con los compañeros míos y ver qué se podía hacer”, admite. Este sacerdote tenía claro que no podían abandonar a las familias en esos momentos tan duros y dolorosos, “es nuestro deber y obligación, acompañarles, como siempre se ha hecho en ese momento único de la despedida del ser querido”.

José María Morales es el capellán del sanatorio San Carlos Borromeo de Salamanca.

Él ha perdido a su madre por el covid-19, y sabe el dolor que se siente en primera persona. Asegura que cumplir el rito funerario, “ilumina, consuela, fortalece y acompaña en lo más íntimo, te da esperanza, y lo más importante, te hace sentir que tu ser querido está vivo, pasamos a esa vida en plenitud”. Chema Morales insiste en que los cristianos, sean laicos, religiosos, y especialmente los sacerdotes, “han de estar en primera línea, allí donde se les necesite”. Este presbítero cree que hay que servir a todos, “especialmente a los más pobres y necesitados, débiles y enfermos”.

El capellán del tanatorio asegura que la última despedida es “esencial y necesaria”, para la buena salud, a todos los niveles, de aquellos que han perdido los seres queridos en estas circunstancias “imprevistas y tremendas”.

Al equipo se sumó Bermúdez como psicólogo voluntario que ya realizaba esa labor de apoyo en el tanatorio antes del covid-19.  Desde hace tres semanas, un grupo de 12 sacerdotes y el psicólogo están junto a las familias y se realiza la oración de exequias a cada fallecido. “El responso es breve, sencillo, pero muy digno, de manera que las familias cuando se produce el enterramiento están acompañadas”, detalla este psicólogo.

Junto a la entrada del cementerio se ha instalado una carpa, donde han colocado una Cruz y un hisopo, como detalla Nacho Bermúdez. En cada enterramiento se sigue el mismo ritual: “Se recibe a la familia en la carpa, de entre 3 a 5 familiares máximo, se les acompaña hasta la tumba, se bendice la misma, y se realiza la oración”.

En todo momento, como subraya, “la familia se siente acogida”, aunque es consciente de que la situación “es triste, pero ven que su familiar es atendido, querido, y que se realiza una oración por él. Todo eso es muy importante, tanto en el acto en sí, como en el momento posterior del duelo, porque los ritos fúnebres tienen una razón de ser, no es algo que se haya inventado en una cultura determinada, es algo universal que tienen todas, es un momento de despedida, de recuerdo, de aceptación, de acompañamiento”.

Una oración sentida

Con esta situación excepcional, las familias no están acompañadas de amigos en el sepelio, “aunque si de manera virtual”, determina, “porque mucha gente está pendiente de ese momento, y a la familia les llega ese calor y afecto“. Nacho Bermúdez resalta también el responso que se realiza en la carpa: “Donde se consigue un momento de recogimiento muy intenso, y no se hace un oración rutinaria sino sentida, donde se despide al familiar, se ha conseguido dar una dignidad al momento, en una situación histórica y excepcional”.

Este psicólogo reconoce que la primera semana “fue estresante”, porque se quería llegar a la familia “como fuera, que no se sintiera sola”, pero luego cogieron el ritmo, y asegura que han asentado la forma de proceder, “que es serena, tranquila, acogedora… que la familia se siente respetada, y que ha hecho una despedida digna”.

Bermúdez transmite a las familias que cuando esta situación termine se hará una ceremonia “de reconocimiento a todas las personas enterradas en estas condiciones, pero con esta iniciativa, se ha conseguido tapar una hemorragia de desafecto tremendo”.

Situaciones desoladoras

En estas tres semanas de trabajo conjunto del sacerdote y del psicólogo han vivido situaciones desoladoras: “Enterrar al marido y que la esposa esté confinada en casa y no pueda asistir, con quien llevaba 60 años; o esa abuela que estaba en la residencia, se cerró y no podían ir a verla, y un día te llaman y te dicen que ha fallecido, y ni la has visto, ni te has despedido, y la primera vez que la ves es cuando está en el coche fúnebre. Vemos todo tipo de casos”, describe Bermúdez.

Asimismo, han sido testigos de otras situaciones emotivas, “como una familia que el lunes enterró al padre el lunes, y el viernes, a su madre, que estaba muy mal en el hospital”. Este psicólogo advierte que se trata de situaciones “muy emotivas”, donde el sentimiento de despedida “es intenso”. Además, se producen otro tipo de reacciones, “como de injusticia, porque lo reciben la despedida de la gente que se merecen y es habitual, está bastante presente esa idea, y el afecto en esos momentos es fundamental”.

El escenario habitual de un funeral ha cambiado en tiempos del covid-19, “no estamos hablando de una Iglesia, ni de un lugar de culto, sino de un espacio abierto, de una carpa, que la hemos dotado de unos elementos propios del rito, y que hemos tenido que simplificar debido a la meteorología adversa de las últimas semanas, con lluvia y viento….”.

Doce sacerdotes voluntarios

Un total de doce sacerdotes diocesanos se van rotando para acudir a cada entierro, y el psicólogo voluntario acude cada tarde, “por la mañana no puedo por motivos laborales”. También se han dado casos de estar presentes en el entierro de una persona tan solo el sacerdote y el psicólogo, “se dan ocasiones, sobre todo al principio de la pandemia, cada vez menos, pero se hace la oración igual, se despide del mismo modo, se acompaña al cuerpo, se bendice la tumba… porque el importante es el fallecido, que se vea reconfortado con su oración y despedida”. Quieren transmitir a las familias de los fallecidos que se entierran en soledad, “que siempre habrá un sacerdote para que no esté solo”.

Para Nacho Bermúdez es un privilegio poder estar en ese momento acompañando a tanta gente, “que no conozco de nada, no sé nada de ellos, pero estás como si fuera un familiar, es un privilegio poder despedirles, y que sepan del cariño y afecto tanto del sacerdote como del mío”.  Por otra parte, reconoce que no tiene la misma trascendencia un psicólogo que un sacerdote en ese momento de la vida, “le da una dimensión diferente a la despedida”.

También se dan casos de familias que no quieren oración en la despedida, “se respeta”, o quienes traen su propio pastor de otra confesión. Este psicólogo valora la entrada en escena del sacerdote, “porque el acto cobra una relevancia diferente, sin duda, donde yo mantengo un segundo plano, porque es el momento de la oración“. También destaca el trabajo en equipo, “y lo importante de que cualquier necesidad se vea cubierta”.

En cuanto a lo que le supone personalmente esta labor a Nacho Bermúdez, admite que el duelo es una experiencia “nueva y enriquecedora”, y en estos momentos de pandemia, “tengo muy presente la fragilidad de la vida, y lo desenfocados que estamos a la hora de abordar muchas situaciones, así como la trascendencia de la familia, me agrada ver familias tan unidas”.

 

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