03/04/2026
AKBÉS
Contemplamos hoy la soledad de María, su silencio creyente y orante. Modelo de entrega a Dios, continúa meditando, hoy, como hizo desde Belén, todas las cosas en su corazón. La Iglesia, que encuentra en ella su imagen más pura, hace lo mismo: guarda silencio, en la espera del tercer día.
Una línea de oración la encontramos en el Credo: «descendió a los infiernos». A la luz de este fragmento de la homilía de una antigua homilía del siglo II que propone el Oficio de Lecturas de este día:
«Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. «La tierra temió sobrecogida» porque Dios se durmió en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios en la carne ha muerto y el Abismo ha despertado. Va a buscar a nuestro primer padre como si fuera la oveja perdida. Quiere absolutamente visitar «a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte». El, que es al mismo tiempo Hijo de Dios, hijo de Eva, va a librar de su prisión y de sus dolores a Adán y a Eva».
En este texto se ilumina con claridad lo que anuncia el cuarto Evangelio: «En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán» (Jn 5, 25). La tradición cristiana ha representado esta verdad en el icono de la anástasis, donde Cristo, de pie sobre las puertas del infierno, toma de la mano a Adán para levantarlo. Esto lo que representa es que “todos oyeron la voz del Hijo de Dios”.
Ahora bien, el descenso a los infiernos tiene, además, otra interpretación: Cristo desciende hasta lo más hondo de la condición humana para rescatarla de la oscuridad del mal y llevarla consigo. Por eso, no podemos despreciar a nadie ni dar a nadie por perdido. Tal vez no siempre tengamos los medios adecuados para ayudar, pero siempre podemos hacer algo: ofrecer a esa persona al Señor, para que Él ilumine su camino y le conduzca por el sendero adecuado para que encuentre la ayuda que necesita.
Esta ofrenda es justamente la que el Padre acoge por Jesucristo. Nos entregamos en lo que podemos, pero también nos ofrecemos a nosotros mismos cuando no podemos hacer otra cosa. El silencio del que ama alcanza su mayor hondura cuando no es correspondido o no puede aliviar el sufrimiento del otro. Así ha de ser nuestra entrega: una confesión humilde, – no puedo ayudarte, Señor, en esta ocasión- que se transforma en abandono confiado: me entrego a ti y obra conmigo como quieras: «Hágase tu voluntad».