29/12/2025
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
La Diócesis de Salamanca clausuró en la tarde de este domingo, 28 de diciembre, el Año Jubilar de la Esperanza con una solemne eucaristía celebrada a las seis de la tarde en la Catedral Nueva de Salamanca, presidida por el obispo, Mons. José Luis Retana. La celebración, concelebrada por sacerdotes y religiosos, reunió a un importante número de fieles y coincidió con la festividad de la Sagrada Familia, poniendo el acento en el hogar como primer lugar donde se aprende y se cuida la esperanza cristiana.
El templo presentó un marcado carácter jubilar. En el presbiterio se colocó el ancla, signo visible del Año Santo, mientras que cuatro pantallas distribuidas por la catedral facilitaron el seguimiento de la celebración, que pudo seguirse también en directo a través del canal diocesano de YouTube. Los cantos estuvieron a cargo del coro diocesano, integrado por niños, jóvenes y adultos.
Al inicio de la celebración, los responsables de la Delegación de Familia y Vida, Elena Partearroyo y Fernando Simón realizaron la monición de entrada y dieron la bienvenida a la asamblea, recordando que la Iglesia que camina en Salamanca se reunía para dar gracias al Señor por el Año Jubilar de la Esperanza, vivido como un tiempo de gracia que ha invitado a abrir el corazón, a caminar juntos como pueblo de Dios y a dejarse renovar por la esperanza que brota de Cristo resucitado.
En su homilía, el obispo subrayó que la esperanza cristiana no puede confundirse con un optimismo ingenuo ni con un simple pensamiento positivo, sino que es una virtud teologal fundada en la certeza de que Dios cumple sus promesas, incluso cuando el camino no se comprende del todo. Recordó que, al convocar el Jubileo, el papa Francisco invitó a vivirlo como “un encuentro vivo y personal con Jesucristo, a quien la Iglesia anuncia siempre como nuestra esperanza”.
En este sentido, Mons. Retana recordó algunas de las acciones concretas señaladas por el papa como caminos para ser verdaderos portadores de esperanza: el compromiso por la paz, la defensa de la vida desde su concepción hasta su final natural, el acompañamiento a las personas privadas de libertad, el cuidado de los enfermos y de quienes sufren, la cercanía a los jóvenes, la acogida a migrantes y refugiados, la atención a los mayores y el amor preferencial por los pobres y necesitados. “Las obras de misericordia —afirmó— son también obras de esperanza”.
El obispo insistió en que no es posible transformar el mundo según el Evangelio sin una conversión personal, y recordó que cuanto más configurada esté la vida del cristiano con Cristo, “más eficaz será su caridad y más crecerá la esperanza”, especialmente entre los pobres. De ahí la necesidad de cultivar una espiritualidad profunda, encarnada, con los ojos y los oídos abiertos al sufrimiento, una espiritualidad de ternura, de gracia transformadora, pascual y eucarística.
A la luz de las lecturas proclamadas en la festividad de la Sagrada Familia, el obispo centró buena parte de su reflexión en la vida cotidiana del hogar. La lectura del Eclesiástico —señaló— sitúa la esperanza en el terreno de lo real: el cuidado de los padres, la gratitud, la paciencia ante la fragilidad y la vejez. “La esperanza bíblica no nace cuando todo funciona, sino cuando el amor decide permanecer incluso cuando la situación deja de ser gratificante”.

En una cultura que valora la rapidez y la utilidad, cuidar al débil —afirmó— es un acto profundamente esperanzador. En la misma línea, recordó las palabras de san Pablo, que proponen un modo muy concreto de vivir la esperanza en la familia a través de actitudes como la compasión, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia y el perdón. “La esperanza cristiana en la familia no consiste en esperar que los demás cambien, sino en decidir cómo quiero vivir yo, incluso cuando el otro no responde como esperaba”.
Al comentar el Evangelio de la huida a Egipto, el obispo subrayó que la Sagrada Familia fue una familia migrante, vulnerable y marcada por la incertidumbre. José confía y actúa, María acompaña y Jesús inicia su vida en medio del desarraigo. “La esperanza de Dios —dijo— no siempre coincide con la seguridad humana, pero siempre conduce a algo nuevo”.
En el tramo final de la homilía, Mons. José Luis Retana advirtió del riesgo de entender el Jubileo como un paréntesis ya cerrado. “Cerrar el Jubileo de la Esperanza no significa despedirse de un tema bonito, sino asumir un estilo de vida“, afirmó, recordando que la familia es el primer lugar donde se aprende a esperar, pero también donde la esperanza puede apagarse si no se cuida.
Animó a las familias a revisar el lenguaje cotidiano, a recuperar palabras sencillas como “gracias”, “perdón” o “confío en ti”, y a crear pequeños espacios de encuentro real: una comida sin pantallas, una oración compartida, una conversación sin prisas. “La esperanza necesita tiempo”, subrayó.
“El Jubileo concluye, pero la esperanza no se cierra —concluyó—: se desplaza, sale del templo y entra en nuestras casas“. En este contexto, agradeció públicamente el trabajo del equipo del Jubileo y de quienes han preparado la celebración, e invitó a los fieles a volver a sus hogares conscientes de que la familia es el primer santuario donde Dios sigue enseñando a esperar.
En el ofertorio, se presentó también una concreción pastoral nacida al calor de este Año Jubilar: la próxima puesta en marcha del Centro de Escucha Diocesano, un servicio que quiere ponerse al lado de quienes atraviesan distintas situaciones de pérdida —la muerte de seres queridos, la pérdida de la salud o del trabajo, el duelo migratorio y otros procesos de sufrimiento— para acompañar desde la acogida y la escucha. La colecta de la eucaristía se destinó a impulsar su puesta en marcha, apelando a la implicación y generosidad de la comunidad diocesana.
La celebración concluyó con un agradecimiento a los participantes y con la invitación a seguir caminando como diócesis, manteniendo viva la esperanza recibida y proyectándola en la vida cotidiana y en la misión de la Iglesia.