27/02/2026

En la llamada del Génesis: “Sal de tu tierra, sal de tu patria, y de la casa de tu padre (de lo conocido, de la comodidad, del camino trillado, de lo que se espera de ti, …) hacia la tierra que te mostraré ( lo desconocido, lo de fuera, lo otro,…)”, hay una promesa. La certeza de salir para encontrar algo mejor, una tierra que mana leche y miel.
En cambio, nos resistimos. ¡Cuántas veces pensamos como Pedro en hacer tres tiendas; más que eso, apartamentos de 5 estrellas!. Cómo no vamos a estar felices junto a quien hace brillar la vida, y ama la justicia y el derecho?. Y se transfigura ante nosotros, nos permite verle con más claridad, enamorarnos más de Él y disfrutar de su presencia y su abrazo.
Cuando la misión se pone difícil, cuando el mundo nos duele y sus aristas nos hieren, conviene recordar el porqué. Atesoremos los momentos de encuentro gozoso con el Señor, no para quedarnos aparcados y paralizados en ellos, sino como escudo y recordatorio para los momentos complicados, que llegarán. A esas experiencias nos agarramos, porque Él es nuestro escudo y nuestra salvación.
Él nos pide que no temamos, que nos levantemos, que no nos dejemos aplastar por las exigencias de la vida y la misión, porque siempre está con nosotros y nosotras. Y cuando lo olvidamos o nos somos capaces de percibirlo, queda el recuerdo guardado en el corazón de los momentos de transfiguración.
Esto no hace falta contarlo, sino vivirlo en nuestra intimidad con el Señor. Es lo que va configurando la particular manera que Él tiene de relacionarse con cada persona que se hace disponible a su llamada, que se deja llevar aparte con Él, porque nos llama por nuestro nombre, como a Pedro, a Santiago y a Juan.
Y así, dejarnos transfigurar por Él, hacernos más como Él.
Como dice esa preciosa canción de Ixcis:
Transfigúrame, Señor
transforma mis miedos en fe,
mi orgullo en humildad,
convierte mis guerras en paz.
Transfigúrame
Belén Santamaría Eraña, laica, CVX y trabajadora en Cáritas Diocesana de Salamanca.