18/06/2026
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
“He llevado una vida muy feliz en el pueblo”. Así resume Mario Cabrera su infancia y juventud en Cantalapiedra, la localidad salmantina donde nació y creció junto a sus dos hermanas mayores y donde comenzaron a echar raíces muchos de los aspectos que más tarde marcarían su vocación.
A las puertas de su ordenación diaconal, el seminarista recuerda con cariño aquellos años compartidos con sus amigos de siempre, con quienes aún mantiene una estrecha relación. “Mis amigos de la infancia son mis amigos de ahora”, afirma. Unos vínculos que, asegura, nacieron en un ambiente de cercanía y sencillez propio de la vida en los pueblos.
“Siempre he crecido en un ambiente muy sano porque en los pueblos se vive de otra manera, hay mucha cercanía y mucho trato con los vecinos, y todo eso va configurando a uno”, explica.
Lejos de las agendas repletas de actividades extraescolares que hoy son habituales, Mario recuerda una infancia sencilla, marcada por el tiempo compartido con los amigos. “Salíamos por las tardes con la bicicleta, íbamos a la piscina en verano y pasábamos toda la tarde juntos”, rememora.
Aquellas experiencias, reconoce, le enseñaron a vivir las relaciones “de una manera sana y natural“, algo que con el tiempo ha tratado también de trasladar a los demás.
La parroquia de Cantalapiedra ha formado parte de su vida desde pequeño. Aunque después de la Primera Comunión hubo unos años en los que se alejó un poco, el camino de la Confirmación supuso un nuevo acercamiento a la comunidad cristiana.
“Desde que me confirmé me impliqué mucho más en la parroquia, en las catequesis y en las celebraciones”, recuerda. Esa experiencia le permitió descubrir que la fe se alimenta también en comunidad y que la Iglesia contribuye a formar a la persona. “No solo te educan la familia y los amigos, también la comunidad cristiana te enseña otros valores y otra manera de relacionarte con el Señor”, señala.
Entre las personas que más le han marcado durante estos años, Mario destaca también a las hermanas Clarisas de Cantalapiedra. “Fueron muy importantes para mí” asegura. La vida contemplativa de las religiosas le ayudó a descubrir el valor de la oración y a experimentar una forma singular de estar en presencia de Dios. “Con ellas aprendí a ponerlo todo en las manos del Señor”, explica.
Junto a su familia y sus amigos, otro de los pilares de su crecimiento han sido los sacerdotes que han pasado por la parroquia de Cantalapiedra. “En ellos también ves al Señor y aprendes un estilo de amar a los demás”, afirma.
Su testimonio le permitió descubrir una imagen del sacerdocio alejada de algunos tópicos. “Muchas veces rompen los esquemas que uno tiene, y el sacerdocio no consiste en estar encerrado en un despacho o salir solo para celebrar la misa, eambién puedes compartir la vida con los demás, estar con los amigos y seguir al Señor sin perder nada de lo que eres”, explica.
Precisamente esa manera cercana y sencilla de vivir la fe fue despertando en él una admiración especial. “Eso siempre me llamó la atención y me marcó mucho”, reconoce.


