22/05/2026

En este último Domingo de Pascua, Pentecostés y festividad de María Auxiliadora, se proclama el evangelio de san Juan 20, 19-23.
Estaba anocheciendo y los discípulos, atemorizados, estaban encerrados. Parecía el fin, no sólo de la vida de Jesús, sino de todo lo que les había enseñado y de todas las esperanzas que habían puesto en Él.
Y en medio de ese desconcierto y miedo, Jesús se les aparece en aquella habitación: “Paz a vosotros”. ¿Qué otra cosa necesitaban en aquel momento sino la paz? Por eso no pudieron más que llenarse de alegría.
Luego sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”. Ya les había anunciado que les enviaría otro Defensor, el Abogado, el que acude a quien le llama. Así su angustia y su miedo se transformaron radicalmente en sorpresa y gozo inusitados. Y llenos de esperanza, quedaron también de pronto armados de valor por la fuerza del Espíritu.
Acaba Jesús anunciándoles el poder que les otorga para perdonar los pecados. La paz de Jesús anuncia y propaga su victoria sobre el pecado. Liberados del pecado por la entrega de Cristo, el Resucitado les sopla un aliento que los hace nuevos.
Y es que en su palabra de Paz también a nosotros se nos esponja el alma al reconocernos definitivamente amados, por su entrega, y sostenidos por el Espíritu Santo.
Dejémonos llenar de esta paz que Cristo nos ofrece también hoy a cada uno y queramos extenderla a quienes nos rodean: paz en nuestra familia, paz entre los compañeros de trabajo, paz en cada una de nuestras relaciones, en nuestros grupos… Esa paz desarmada, sin amenazas de ningún tipo, y desarmante, que deja sin palabras a la mínima opción de violencia. Esa paz que todos ansiamos, esa paz que abre las puertas de la fraternidad.
¿Qué mejor regalo en este Domingo de Pentecostés? ¿Qué mejor propuesta en este Día del Apostolado Seglar? ¿Qué mejor opción que rendirnos al impulso del Espíritu y abrirle de par en par las puertas?
Dios nunca nos deja en paz, porque insiste una y otra vez en hacernos saber que nos ama y en animarnos a seguir su camino. Cuando nos decidimos a seguirle, siempre encontramos la Paz.
Damos gracias a Dios por el regalo de su Paz.
Mercedes Marcos Robles, Talleres de Oración y Vida