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15/06/2026

Una reflexión desde la Pastoral Penitenciaria a la luz de Magnifica Humanitas

Samuel Huesca, voluntario de la Pastoral Penitenciaria, reflexiona sobre los desafíos éticos que plantea la inteligencia artificial y reivindica, a la luz de la primera encíclica de León XIV, la dignidad humana, la libertad y la esperanza de las segundas oportunidades

 

 

Nos encontramos en uno de esos momentos de la historia en los que el progreso técnico obliga a la humanidad a formularse nuevamente las preguntas esenciales. Cada generación ha conocido avances que prometían transformar profundamente la vida humana. Sin embargo, pocas veces como ahora la cuestión ha alcanzado una dimensión tan decisiva. La expansión de la inteligencia artificial, los sistemas algorítmicos de decisión y las tecnologías capaces de procesar cantidades ingentes de información en tiempo real está modificando silenciosamente ámbitos fundamentales de la convivencia social.

La economía, la educación, la sanidad, la seguridad pública, el empleo, la comunicación y la propia administración de justicia están comenzando a incorporar mecanismos automatizados destinados a orientar o incluso a determinar decisiones que afectan directamente a las personas. Ante este escenario, la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, constituye una de las reflexiones más profundas y necesarias que la Iglesia ha ofrecido en los últimos años. No se trata simplemente de un documento sobre tecnología. Se trata, en realidad, de una apasionada defensa de la persona humana frente a cualquier intento de reducirla a una cifra, a un dato, a una categoría estadística o a una variable susceptible de ser procesada por sistemas informáticos.

Desde sus primeras páginas, el Santo Padre sitúa el debate en el terreno verdaderamente importante: el de la dignidad humana. León XIV recuerda que “la humanidad, creada por Dios en toda su grandeza, se encuentra hoy ante una elección decisiva: construir una nueva Torre de Babel o edificar la ciudad en la que Dios y el hombre habiten juntos”. Esta afirmación encierra una extraordinaria profundidad. El Papa no cuestiona el progreso tecnológico ni propone una actitud de rechazo hacia los avances científicos. Al contrario, reconoce las inmensas posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías para mejorar la vida de las personas y afrontar desafíos globales de enorme complejidad.

Subordinada a la persona humana

Sin embargo, advierte que toda innovación técnica debe permanecer subordinada a la persona humana y al bien común. Cuando la tecnología deja de ser instrumento para convertirse en criterio último de decisión, comienza a aparecer una nueva forma de poder que amenaza con vaciar de humanidad nuestras instituciones, nuestras relaciones y nuestros sistemas sociales. Esta advertencia adquiere una relevancia singular cuando se proyecta sobre el ámbito penitenciario. Durante décadas, los sistemas penitenciarios occidentales han tratado de perfeccionar sus mecanismos de evaluación, clasificación y seguimiento de las personas privadas de libertad. La búsqueda de una mayor objetividad ha llevado progresivamente a incorporar herramientas estadísticas, modelos actuariales y sistemas predictivos destinados a calcular probabilidades de reincidencia o a anticipar comportamientos futuros.

Lo que inicialmente parecía un mero instrumento auxiliar comienza en algunos contextos a ocupar una posición cada vez más relevante en los procesos de toma de decisiones. Se habla de algoritmos capaces de valorar riesgos, de sistemas automatizados que ponderan factores personales, familiares, educativos o criminológicos y de modelos predictivos que prometen identificar con mayor precisión qué personas están preparadas para acceder a permisos, progresiones de grado o libertades condicionales. A primera vista, semejante evolución podría parecer razonable.

Si una máquina es capaz de analizar miles de datos simultáneamente, podría pensarse que sus conclusiones resultarán más objetivas que las valoraciones humanas. Sin embargo, precisamente aquí aparece la cuestión fundamental. ¿Puede una máquina comprender verdaderamente a una persona? ¿Puede un algoritmo captar el sentido profundo de una trayectoria vital? ¿Puede un sistema matemático valorar la autenticidad de un arrepentimiento, la profundidad de una reconciliación familiar o la sinceridad de un compromiso de cambio? ¿Puede una inteligencia artificial comprender el sufrimiento, la esperanza, la culpa, la responsabilidad, el perdón o la conversión interior? La respuesta, desde una perspectiva cristiana y profundamente humana, no puede ser otra que negativa.

Una dimensión moral, espiritual y relacional

Porque la persona humana siempre es más de lo que reflejan sus datos. Siempre es más de lo que aparece en un expediente. Siempre es más de lo que pueden mostrar los informes, las estadísticas o los antecedentes. El ser humano posee una dimensión moral, espiritual y relacional que escapa necesariamente a cualquier intento de cuantificación. Los algoritmos pueden identificar patrones de comportamiento. Pueden establecer correlaciones. Pueden calcular probabilidades. Pero jamás podrán comprender el misterio de la libertad humana. Jamás podrán captar la capacidad de una persona para reinventarse, para reconstruirse o para iniciar un camino nuevo. La experiencia penitenciaria ofrece innumerables ejemplos de esta realidad.

Quienes trabajan diariamente junto a las personas privadas de libertad saben bien que los procesos de transformación humana rara vez siguen trayectorias previsibles. Existen internos respecto de los cuales todos los indicadores parecían desfavorables y que, sin embargo, protagonizaron procesos extraordinarios de cambio personal. Del mismo modo, existen situaciones que sobre el papel parecían impecables y que terminaron revelándose frágiles o inconsistentes. La vida humana no puede ser reducida a ecuaciones matemáticas porque la libertad constituye precisamente el ámbito donde surge lo inesperado, donde aparece la novedad y donde se manifiesta la capacidad de transformación que caracteriza a toda persona.

Por ello resulta especialmente iluminadora otra de las afirmaciones contenidas en Magnifica Humanitas, cuando León XIV recuerda que «la solidaridad exige que las decisiones relativas a los datos, los algoritmos, las plataformas y la inteligencia artificial tengan en cuenta no solo el beneficio inmediato de unos pocos, sino también el impacto sobre todos los pueblos y sobre las generaciones futuras». La advertencia del Papa trasciende el ámbito tecnológico para situarse en el corazón mismo de la ética. No basta con preguntarse si una tecnología funciona. Es necesario preguntarse qué visión del ser humano promueve y qué consecuencias tiene para la dignidad de las personas. En el contexto penitenciario, esta reflexión resulta decisiva. La cuestión no es únicamente si un algoritmo puede mejorar la gestión administrativa de los expedientes.

La reinserción social

La cuestión es si una sociedad democrática está dispuesta a permitir que decisiones relacionadas con la libertad de las personas puedan quedar condicionadas por sistemas incapaces de comprender aquello que precisamente hace humana a una persona. El Derecho Penitenciario español se construye sobre una premisa fundamental que encuentra su fundamento último en el artículo 25.2 de la Constitución Española: las penas privativas de libertad deben estar orientadas hacia la reeducación y la reinserción social. Esta formulación constitucional contiene una concepción profundamente humanista de la ejecución penal.

El interno no es contemplado como un riesgo que debe ser gestionado indefinidamente, sino como una persona capaz de evolucionar, de aprender, de asumir responsabilidades y de reincorporarse a la vida social. Toda la arquitectura jurídica penitenciaria descansa sobre el principio de individualización científica, que exige precisamente valorar la evolución concreta de cada persona. Individualizar significa conocer. Significa escuchar. Significa acompañar. Significa comprender. Significa observar directamente los procesos personales.

Ninguna de estas tareas puede ser sustituida por un algoritmo. Si la individualización penitenciaria terminara siendo reemplazada por modelos automatizados de predicción del riesgo, se produciría una profunda alteración de los fundamentos mismos sobre los que descansa nuestro sistema penitenciario. La lógica del acompañamiento sería sustituida por la lógica de la predicción. La observación humana dejaría paso al cálculo estadístico. La valoración integral de la persona sería reemplazada por la agregación de datos.

Un ejemplo de conversión

Y el interno correría el riesgo de convertirse en una categoría matemática más que en un sujeto de derechos dotado de dignidad intrínseca. La tradición cristiana ha rechazado siempre esta forma de mirar al ser humano. El Evangelio está lleno de historias que desafían cualquier lógica predictiva. Pedro negó tres veces a Cristo y terminó convirtiéndose en la roca sobre la que se edificó la Iglesia. Pablo pasó de perseguidor a apóstol. Zaqueo abandonó una vida de explotación para convertirse en ejemplo de conversión. El buen ladrón encontró la salvación en los últimos instantes de su existencia. Ninguno de ellos habría superado probablemente los filtros de un modelo predictivo construido exclusivamente sobre su pasado. Sin embargo, todos ellos fueron contemplados desde una mirada capaz de descubrir posibilidades donde otros únicamente veían errores.

Quizá sea precisamente aquí donde la Pastoral Penitenciaria tiene hoy una responsabilidad particularmente importante. En un momento histórico marcado por la fascinación tecnológica, la Iglesia está llamada a recordar una verdad esencial: que ninguna persona puede ser reducida a un dato. Detrás de cada expediente existe una historia. Detrás de cada clasificación existe un rostro. Detrás de cada solicitud de permiso existe una familia. Detrás de cada progresión de grado existe una esperanza.

Detrás de cada libertad condicional existe una posibilidad real de reconstrucción personal y social. Por ello, la Pastoral Penitenciaria de Salamanca está llamada a convertirse en una voz profética frente a cualquier tendencia que contribuya a la despersonalización de los procesos penitenciarios. No se trata de rechazar la tecnología. Tampoco se trata de negar los beneficios que pueden aportar determinadas herramientas de apoyo a la gestión. Se trata de afirmar con claridad que la decisión última sobre la libertad de una persona no puede descansar sobre mecanismos incapaces de comprender la profundidad de la condición humana.

Frágil y magnífica humanidad

Allí donde un algoritmo ve variables, la Iglesia está llamada a contemplar personas. Allí donde una máquina calcula riesgos, la comunidad cristiana está llamada a descubrir posibilidades. Allí donde la estadística formula probabilidades, el Evangelio sigue proclamando esperanza. León XIV ofrece quizá una de las claves más hermosas de toda la encíclica cuando invita a la humanidad a «elegir la comunidad, elegir la compasión, elegir la ternura y permanecer cerca de aquellos cuya única fuerza es la de su frágil y magnífica humanidad». Resulta difícil encontrar palabras más adecuadas para describir la misión de la Pastoral Penitenciaria.

Porque precisamente en las cárceles encontramos hombres y mujeres cuya principal riqueza sigue siendo esa humanidad herida, vulnerable y, al mismo tiempo, profundamente digna que ninguna condena puede destruir y que ningún algoritmo puede medir. Tal vez el gran desafío de nuestro tiempo no consista únicamente en desarrollar tecnologías cada vez más avanzadas, sino en preservar aquello que nos hace verdaderamente humanos. La inteligencia artificial puede procesar datos. Puede elaborar predicciones. Puede identificar patrones.

Pero nunca podrá amar, perdonar, comprender, acompañar o esperar. Nunca podrá reconocer el sufrimiento de una madre que aguarda el regreso de su hijo. Nunca podrá percibir la emoción de quien obtiene su primer permiso tras años de esfuerzo. Nunca podrá comprender el significado profundo de una segunda oportunidad. Por eso, cuando hablamos de permisos penitenciarios, de terceros grados o de libertades condicionales, no estamos hablando simplemente de procedimientos administrativos.

Hablando de libertad

Estamos hablando de personas. Estamos hablando de dignidad. Estamos hablando de esperanza. Estamos hablando de libertad. Y cuando la libertad de un ser humano está en juego, ninguna sociedad verdaderamente democrática y ninguna comunidad auténticamente cristiana pueden aceptar que el encuentro humano, el discernimiento moral y la valoración personal sean sustituidos por la fría lógica de una predicción matemática.

Porque el día en que un algoritmo pueda decidir quién merece una segunda oportunidad, quién ha cambiado realmente de vida o quién está preparado para volver a abrazar a sus hijos, ese día no habremos construido una justicia más perfecta. Habremos olvidado algo mucho más importante: que la libertad humana pertenece al ámbito del misterio, que la dignidad de la persona trasciende cualquier cálculo estadístico y que el ser humano siempre será infinitamente más grande que cualquier dato que pueda almacenarse sobre él.

Frente a esa tentación tecnocrática, la Iglesia seguirá proclamando, dentro y fuera de las cárceles, una verdad tan antigua como revolucionaria: que cada persona conserva una dignidad inviolable porque ha sido creada a imagen y semejanza de Dios y que ninguna inteligencia artificial podrá sustituir jamás la mirada que descubre, incluso tras los muros de una prisión, el reflejo vivo de esa misma imagen divina.

 

Samuel Huesca Triano

Jurista especializado en Derecho Penitenciario y ejecución penal. Voluntario de la Pastoral Penitenciaria de Salamanca

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