02/04/2026
AKBÉS
Conocemos el Jueves Santo como el “día del amor fraterno”, y así es. Pero el Viernes Santo tendría que ser el día del amor entregado, y tal vez no recibido, al menos en el primero de la historia. Es un amor generoso, sin medida, total, espectacular, impensable, inenarrable, desbordante,… y podíamos seguir poniendo adjetivos sin cansarnos.
Contemplar al Señor en la cruz es mucho más que contemplar una zarza ardiendo como Moisés: «Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza» (Ex 3, 3). En la cruz contemplamos a un hombre que ama más allá de todo lo imaginable. Es algo verdaderamente inenarrable.
La admiración que suscita en nosotros ha de conducirnos también a la alegría. Por fin, un hombre vence el mal a fuerza de bien, pues no hay otra forma de hacerlo. Cuando pretendemos reparar un mal con una acción que lleva en sí misma otro mal, no vencemos al maligno, sino que lo alimentamos, ya que, en lugar de un mal acontecen dos.
Contemplar la fidelidad de Nuestro Señor debe suponer para nosotros una humillación, pero no vergonzosa, pues Él no nos acusa: «¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros?» (Rm 8, 33-34). Se trata de una humillación esperanzada, llena de sentido y de llamada por parte de Dios.
La respuesta que demos a esta llamada del Viernes Santo es lo que debe estremecernos, porque nos pide el don de nosotros mismos. No hemos de buscar otro honor que el de Cristo, tal como Él nos dice: «Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga» (Jn 8,50). Quien busca la gloria de Jesús es el el Padre, que es quien juzga. Por eso, el Viernes Santo es una llamada serena a entregarnos en las manos del Señor, a rechazar el mal y a obrar siempre el bien para que Dios sea glorificado, como hizo Cristo hasta las últimas consecuencias. Él es el Maestro y nadie puede obrar mejor que Él. Él es el Buen Pastor y no podemos encontrar a nadie que ame más para seguirlo.
Prestemos atención a las actitudes del Señor durante su Pasión y Muerte, pues son las que estamos llamados a vivir en la vida de cada día. Fijarnos solo en lo que otros hicieron y en las consecuencias que aquellas acciones tuvieron para Jesús no nos hace mejores que aquellos que lo crucificaron, desnudaron, clavaron, azotaron,… El Evangelio nos lo recuerda con claridad: «Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”» (Mt 25, 40).