11/02/2026
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
La sala Núñez Solé del Palacio Episcopal acoge la exposición “Teresa Peña: Resplandor”, que reúne 45 obras —entre pinturas sobre tabla y papel, grabados intervenidos y esculturas en bronce— y que permite redescubrir la figura de María Teresa Peña Echeveste (Madrid, 1935 – Entrambasaguas de Mena, 2002), una artista que supo integrar el lenguaje contemporáneo con una fe hondamente vivida.
El recorrido expositivo se articula en tres grandes bloques que ayudan a comprender su trayectoria vital, artística y espiritual: la biografía, el estilo y el núcleo central de su pintura, la representación de Cristo.
La muestra comienza con un apartado dedicado a su biografía, definido como “El trazo de la humildad evangélica”. Nacida en Madrid, pasó su infancia en Oña (Burgos), en un entorno marcado por la espiritualidad jesuita. Más tarde se formó en San Sebastián y en la Escuela de Artes y Oficios antes de trasladarse a Madrid en 1953 para estudiar en la Escuela de San Fernando, donde destacó por su talento y sencillez.
Como explica el responsable del Servicio diocesano de Patrimonio Artístico, Tomás Gil, “un primer apartado es la biografía, contar la vida de Teresa”, una vida marcada por distintos lugares que influyeron en su formación artística y espiritual.
Su trayectoria dio un paso decisivo al convertirse en la primera mujer pintora española en la Academia de Roma, tras obtener el Gran Premio Roma. Aquella etapa le permitió profundizar en el clasicismo y, al mismo tiempo, entrar en contacto con los nuevos lenguajes pictóricos de la Europa de posguerra.
Según Gil, fue educada “en el estilo clásico de saber encuadrar, de saber hacer representaciones bien”, pero después, “empieza a descubrir las vanguardias, sobre todo desde que se desplaza a Roma… y luego después se desplaza por Europa y conoce en Francia las nuevas tendencias, el expresionismo, la abstracción, el cubismo”.
Su vida estuvo profundamente marcada por la fe. “Era una mujer muy creyente“, subraya, y eso atraviesa toda su producción. Intentó ingresar en dos órdenes religiosas y, al no conseguirlo, abrazó una forma de vida austera y cercana a quienes sufrían.
Se apartó de los grandes circuitos artísticos y desarrolló una pintura silenciosa, centrada en el dolor humano y en la trascendencia. Hasta el final de su vida mantuvo su fidelidad a la vocación artística, pronunciando antes de pintar una sencilla oración: “Señor, pon tus manos sobre las mías…”.
El segundo bloque, bajo el título “El estilo”, permite comprender la evolución de su lenguaje pictórico. Formada en el rigor académico, Teresa Peña evolucionó hacia una síntesis personal donde dialogan el clasicismo, las raíces cubistas, el expresionismo y una creciente apertura a la abstracción.
Sus figuras, de gran intensidad emocional, emergen de fondos oscuros cargados de simbolismo. La luz se convierte en elemento estructural y teológico. “La mejor representación que Teresa Peña tiene de Dios es la luz”, señala Gil, una luz que trasciende al ser humano y ante la que solo cabe la humildad. Esa experiencia se percibe con fuerza en obras como “La mujer orante”, donde la figura aparece en actitud reverente ante un misterio que la supera.
El tercer apartado, titulado “Amor en la Luz”, constituye el corazón de la exposición. En él se aprecia cómo Teresa Peña sitúa a Cristo no en una realidad apartada, sino en medio de la historia. “No pone a Cristo fuera del mundo”, afirma Gil, “sino en medio de una humanidad que necesita su luz”.
La influencia del Concilio Vaticano II se hace visible en su visión de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. Un tríptico central, inspirado en la teología de Henri de Lubac, presenta a una Iglesia llamada a ser testimonio, luz y presencia activa en la sociedad.
Especial fuerza adquieren los “Maranatha”, donde la escatología cristiana se expresa en clave de esperanza. Para Teresa Peña, el final no es juicio condenatorio, sino camino confiado. “Es un avance esperanzado de la humanidad”, explica Gil, una humanidad que camina entre luces y sombras, pero sostenida por la luz de Cristo.
En la obra “Maranatha. Ven, Señor Jesús”, la humanidad avanza con las manos levantadas en súplica, alabanza y fraternidad. Desde el misterio pascual —evocado en tonalidades rojizas que recuerdan el fuego interior— queda prendida en la historia una luz que nada ni nadie puede apagar.
“Desde el misterio pascual, en el interior y en las entrañas de la humanidad, ha quedado prendida esa luz de Cristo y nada ni nadie nos puede separar de esa luz que es su amor”, afirma.
La exposición también pone el foco en los más vulnerables. Teresa Peña retrata a los pobres como imagen de Cristo en la historia. Una obra como “La mendiga” interpela directamente al visitante. “Puede pasar desapercibida”, advierte Gil, “pero tiene muchísima importancia. Es como cuando pasamos por el mundo y no ponemos los ojos en los pobres, ni les damos rostro ni les damos vida”.
La muestra podrá visitarse hasta finales de marzo y volverá a abrir en verano. En pleno tiempo de Cuaresma, se presenta como una invitación a detenerse y contemplar. “Teresa Peña quiere que contemplemos al ser humano desde dentro”, resume Tomás Gil.
La exposición podrá visitarse de lunes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas, con último acceso a las 17:15 horas.