09/05/2023
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
Con seis años, en su pueblo natal, Jerte (Cáceres), Domingo Montero dijo a su madre que quería ser capuchino. “Desde pequeño frecuentaba los oficios de monaguillo y allí iban mucho los capuchinos a predicar”, apunta, al recordar sus 50 años de sacerdocio, que celebrará el próximo 10 de mayo, San Juan de Ávila, junto al clero diocesano.
Ya de niño le gustaba el perfil de los Capuchinos, “cuando salían a predicar la misión, íbamos los niños a besar su cordón”. Y el sacerdote de su pueblo, don Federico, “siempre cuido mucho la vocación, y su ilusión era que yo fuera capuchino también”.
A los 11 años, entró al Seminario, primero en Cantabria, en Montehano, entre Santoña y Laredo, y tras un año, se fue al de El Pardo, en Madrid, “donde estuve otros cinco”. Y para hacer el noviciado, fue trasladado a Bilbao. “Después vine a Salamanca, y en La Serna hice Filosofía”, detalla este padre capuchino. La Teología la estudió en León, y tras ella, llegó su ordenación sacerdotal en Salamanca el 18 de marzo de 1973, en La Serna.
Ya como presbítero, sus superiores le destinaron a Roma para estudiar la Sagrada Escritura, y allí permaneció tres años, que recuerda como, “muy duros, pero hermosos, estudiando la Sagrada Escritura”. Y al regresar a España, le destinaron a distintos servicios de formación en el noviciado y postulantado.
Su experiencia como docente se ha prolongado durante más de 30 años dando clase de Sagrada Escritura en Salamanca, en los centros religiosos, y otra de sus tareas ha sido la de ser superior local y provincial. “Ahora ya en tiempo de jubilación, toca disfrutar de ella”, reconoce Domingo Montero.
Para valorar sus 50 años de sacerdocio, este padre capuchino recurre a la carta de Timoteo, que dice: “Doy gracias a Dios que se fio de mí y me confió este ministerio, y eso que yo era, lo que era”. Domingo Montero realiza esa valoración, “sabiendo que en la vida hay de todo, hay altos y bajos, pero yo, que vengo de la Sagrada Escritura, tengo esta frase: “Yo sé de quién me he fiado”, que como él mismo reconoce, “te anima a seguir hacia adelante, dando gracias a Dios y trabajando lo que podamos”.
Para este sacerdote, lo más satisfactorio de estos 50 años “ha sido la profesión y la ordenación“, y todo lo que se ha derivado de ello. “Hay momentos más oscuros, y otros, más luminosos, pero todo eso es el tejido de la vida”, subraya.
Domingo Montero siempre ha vivido en comunidad, que como él mismo define, es como la de una familia, “se crece y se madura”, que en el caso de los Capuchinos, “enmarcamos en un contexto de espiritualidad franciscana, con unos horarios que regulan por lo menos los momentos más importantes de la fraternidad, para los actos comunitarios de tipo religioso”.
Este fraile recuerda que lo peculiar de la Orden Franciscana es algo que decía San Francisco: “La regla y vida de los hermanos menores es vivir el Santo Evangelio”, pero como añade Domingo Montero, “eso es la vida de todo cristiano”, “y nosotros subrayamos el aspecto de la fraternidad, la pobreza o el tema misional, como los aspectos más importantes”.
Otras de sus ocupaciones actuales son la de consiliario diocesano de Cursillos de Cristiandad, desde hace diez años; capellán de la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío, y director de la revista “Evangelio y vida”, bimestral, de divulgación bíblica.