ACTUALIDAD DIOCESANA

10/04/2020

Meditación para un Viernes Santo con cv-19

Celebramos este Viernes Santo de 2020 de un modo indudablemente distinto. Vivimos días terribles y duros, como quizá nunca habíamos calculado. El sufrimiento y la muerte nos rodean. Vuelven los viejos miedos de la humanidad, si es que alguna vez se habían ido. Vivimos este tiempo con ansiedad. Es verdad que sabemos del fin de nuestra vida, pero no sabemos el cuándo y el temor de su proximidad nos estresa. Es un miedo a lo desconocido, puesto que el mal que nos circunda no sabemos dónde está: es tan pequeño esta vez que no se le localiza. Genera en nosotros incertidumbre y en algunos casos, hasta pánico. Hemos perdido la libertad de movimientos, confinados como estamos. Si sigues las normas, acostumbrados tantas veces al gusto de saltárnoslas, vivirás: si te lavas, si no sales… La noticia de la muerte de personas conocidas y no lejanas… Nuestras relaciones humanas totalmente alteradas por la distancia y distorsionadas por las diversas pantallas por donde ahora discurren. Es verdad que agradecidos por tanta solidaridad y entrega de muchos. Pero aferrados a las cosas que nos ofrecen seguridad, por el miedo a perderla. En estado de “guerra”, como dicen algunos.

“Quien quiera venir en pos de mí, … cargue su cruz y me siga”.

Es en este contexto donde hacemos este año la lectura de la Pasión según San Juan, la que corresponde a este día. La interpreta bien unos cuantos siglos antes el profeta Isaías en la 1ª lectura de esta tarde, el Cuarto Cántico del Siervo; “Como cordero llevado al matadero”. Y cabe también leerla nosotros, sus discípulos, a la luz de sus mismas palabras: “Quien quiera venir en pos de mí, … cargue su cruz y me siga”.
No es fácil hacer la meditación de hoy. ¡La hemos hecho tantas veces…! Bien es verdad que en circunstancias distintas. Por eso, tal vez hemos minusvalorado el horror de la cruz. La hemos convertido en arte, en una joya para el cuello. Nos hemos acostumbrado a las “crucecitas de alfiler”. Sin embargo, la cruz es algo repugnante: un invento terrible de la humanidad. Hemos olvidado el escalofrío de una ejecución tan terrible. Lo sentimos fácilmente cuando vemos las terribles imágenes, no tan antiguas, de la decapitación de mártires cristianos en pleno S. XXI.
Pero no leemos estas escenas como un mero ejercicio de masoquismo, pues “encontrar el sentido profundo de la Pasión de Cristo es encontrar el sentido profundo de nuestro dolor: el físico y el interior”. El dolor de Jesús, ese terrible dolor, ilumina mi dolor, mi sufrimiento. Ese que provocan en mí cosas que vienen a fuera y que, por eso, no puedo controlar. Ese dolor que lo distorsiona todo. ¡Ese dolor que todos llevamos dentro estos días!  Es cierto. Entonces, ¿qué es lo que percibimos al meditar este relato?: “Que en ésto, no estamos solos. Que Jesús sufrió, como nosotros, afrontando e integrando su sufrimiento”. Y que nosotros somos invitados a hacer lo mismo.

Fuente pascual de vida y esperanza

Describe bien los sentimientos de Jesús el relato de Getsemaní en la versión de Mt (26,36-46), que se lee este año el domingo de Ramos.  Jesús, mirando al Padre, siente (recogiendo e interpretando algunas palabras del primer evangelio), “tristeza”, “angustia”, “hastío”, “asco y repulsión”, “miedo a perder la vida” y, sobre todo, “ausencia de Dios”. Ciertamente se parece mucho a lo que sentimos nosotros estos días. Pero ahí tenemos a Jesús, solo frente al dolor, puesto que sus amigos duermen. Y nos dice, morándonos a los ojos: “Yo sufrí antes que tú, y encontré sentido al dolor”. “Yo estoy contigo ahora y entiendo bien por lo que pasas”. “Tu dolor te hará –si lo encajas bien- más comprensivo y misericordioso”. “Tu dolor te hará más humilde y realista: te mostrará una imagen más verdadera de ti mismo, más allá de las distorsiones acostumbradas”. “Tu dolor te saca de ti mismo y te abre –en definitiva- al dolor de Jesús y al de los demás, para poder decirles tú también una palabra auténtica y sincera”. Hay muchos tristes, angustiados, hastiados, asqueados y sin Dios que están sufriendo. Enséñales tú también, como Jesús, habiéndolo vivido y asumido previamente, a encajar el dolor, a no dejarse llevar por la amargura estéril y así te convertirás, como el Maestro, en una fuente pascual de vida y esperanza.
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